Posteado por: Alicia Marina Sortino | marzo 19, 2014

Feliz día de San José!

Feliz día a todos los José y Josefinas,  a los Chema, a todos los que trabajan con la madera, a los que son “padres” de verdad, en el total sentido de la palabra, a mi papá Cayetano que me enseñó a querer a Jesús, el trabajo y la vida sencilla, a Javier por ser tan buen papá. Si bien lo veneramos como el Santo de la Buena muerte, también podemos imaginarnos la “mucha vida” que desplegó y gastó en la familia de Nazareht. Un hombre JUSTO. Qué más podemos decir!!!

“En el evangelio de Lucas el anuncio del nacimiento del Mesías se hace a María, en el de Mateo a José. Si hacemos coincidir ambos descubriremos no una contradicción, sino una amplificación: el anuncio es hecho a ambos, al esposo y a la esposa, al Justo y a la Virgen que se aman mutuamente. Dentro de cada pareja Dios va obrando su obra: desea oír el doble ‘amén’ convertido en un único  ‘sí’ en el varón y en la mujer, sin cuyo coral coraje Dios no podría traer hijos a esta tierra. En todas las relaciones mutuas Dios acaricia, roza y toca: lo hace en esos días en que estás tan lleno de alegría que serías capaz de decirle a quien amas palabras sorprendidas, asombradas, absolutas, eternas, y también lo hace en esos días de crisis, de sufrimiento, de duda, de lágrimas…
José, decididamente enamorado, decide dejar a su enamorada, por respeto, no por despecho, por respeto ante el misterio, no por otra cosa; no quiere denunciarla, sigue pensando en ella, insatisfecho por la decisión que no acaba de tomar, hasta en  sueños tiene presente a su María, pues bien sabe que su amada lo ama…
María y José son pobres, pobres de cosas, pero no pobres en amores, porque si hay algo sobre esta tierra que abre al misterio de Dios es amar, descubrirse amado, saber de amores. José, tan o más soñador que el José de Egipto, con las manos llenas de callos a causa del trabajo y con un corazón enternecido a causa del amor, tiene la elocuencia de los silenciosos: su silencio es amor que ya no necesita de palabras. Dado que José sabe escuchar, Dios le hablará a través del silencioso lenguaje de los sueños; José, es el hombre justo y tan silencioso que es capaz de escuchar los sueños que el Señor-Dios viene soñando  desde toda la eternidad, desde antes de la creación del mundo, de modo que transformados en realidad, la Buena Noticia se proclame gozosamente a los cuatro vientos…
Todo amor tiene que pasar, como el oro, por el fuego del crisol para purificarse, aquilatándose en las contradicciones y las pruebas. El amor de José, lo mismo que el de Israel en el desierto, es puesto a prueba para conocer qué habita en su corazón. En plena prueba  a José se le confirma que su corazón desborda de amor hacia María y hacia el Niño que vendrá. Descubre alborozado que es posible amar sin deseos de posesión. Todo amor auténtico,- matrimonial y virginal -, tiene que atravesar esa misma prueba, ese mismo umbral: pasar de la posesión a la donación: ‘amar’ es una variante del verbo ‘morir’, cuya otra variante se denomina ‘renunciar’. Si en el taller de José aprendemos a conjugarlos en su armonía pascual de muerte y vida, de renuncia y plenitud, descubriremos las obras maravillosas que,- en nosotros y no sin nosotros -, obrará el Espíritu: lograr darse sin jamás reclamar nada a cambio, amar a fondo perdido, sin esperar ganancia ninguna: el amor basta por sí mismo, satisface por sí solo…  Amo porque amo, amo por amar[1].
José es un hombre lleno de fe, incapaz de involucrarse en un misterio que lo trasciende, prefiere retirarse en silencio,  silencio que le permitirá escuchar y dar fe a la palabra que desde siempre Dios dirige a los seres humanos: no temas. Y comienza a actuar no ya frenado por sus temores, sino impulsado por sus amores, amores al estilo de Dios, a lo Jesús: amor que olvidándose de sí mismo se anonada,- ¡se hace tan, pero tan pequeño y humilde que aquel al que los Cielos y la Tierra no pueden contener, encuentre cabida en el seno virginal de María! Tanto se anonada que te pedirá permiso, como a José, como a María, para que le hagas un huequito, un lugarcito en tu vida, para que por el Espíritu Santo pueda humanarse en ti y divinizarte a ti, humanizándote a ti  transfigurando tus temores y…, tus amores…” Max Alexander
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