Posteado por: Alicia Marina Sortino | marzo 13, 2011

Chiara Lubich: a tres años de su llegada al Paraíso.

En estos días sentimos todos la tristeza causada por los efectos del terremoto y su posterior “ola gigante” en las costas japonesas. Como aldea global que somos,  casi inmediatamente nos llegaron las imágenes, los testimonios y así de rápido pasamos del asombro y la  sorpresa al dolor. Sin  darnos respiro nos atacó el espanto. Pudimos experimentar la pequeñez  humana ante los fenómenos naturales, la fragilidad de los productos tecnológicos frente a  la fuerza  arrasadora de la ola… La impotencia de “verlo caer todo” literalmente.

Entonces me acordé de Chiara Lubich, de sus días de juventud de Trento,  en medio de las bombas y la guerra. Verdaderamente creo que Dios la eligió para cumplir su testamento “Que todos sean uno” y ella , en medio de la realidad terrible que padecía, logró acallar todas las voces y escuchar sólo el Evangelio. Inmediatamente se puso a vivir como decía Jesús y contagió este ardor a sus compañeras y amigas.  Hoy somos muchos los que creemos y seguimos el camino que inició Chiara, y como buena Madre fundadora sigue cuidando y bendiciendo a sus hijos desde el Cielo… Se me ocurrió hacer este homenaje diferente a Mi Maestra de Ideal. El texto, hermosísimo lo escribe y se lo dedica  el poeta italiano Stefano Redaelli. Que esta ola de Amor arrase por toda orilla de cualquier corazón dispuesto a construir un Mundo Nuevo. Más que un sueño. Más que una Utopía.  Más que un Ideal. Una realidad que ya podemos gozar en la Tierra: un Mundo Unido cada día más justo y fraterno. Alicia.

LA NIÑA Y LA OLA

La niña amaba sentarse frente al mar. Lo iba a ver todas las tardes.
Hablaban, a su modo, como dos que se conocen y se esperan desde siempre.
Ella prefería callar, mecida por la marea escuchaba su voz: una cantinela.
El mar le contaba de tierras lejanas mojadas por sus aguas, de hombres que hablaban lenguas
parecidas a vientos, de marineros que un día partieron y todavía no volvieron, de una isla submarina.
Había un volcán sumergido, en el corazón del océano, que eructaba sin tregua un magma de corales,
conchas y perlas. Algunas noches, fragmentos de lava marina salían a flote, venciendo la gravedad. Y la superficie del mar se encendía atravesada por un estremecimiento de luz.
Cuando la niña escuchaba esa historia, una nostalgia dulcísima se levantaba como una ola en su
corazón; habría querido abrazar el mar, contener en si su infinidad. Pero ella sólo era una criatura
menuda, una nada frente a lo inmenso.
El mar la serenaba, mecía sus pensamientos, le infundía esperanza y paz.
Una tarde se sentaron la una frente al otro, sin decirse nada, mirándose solamente, cuando el agua
empezó a retirarse de la orilla de modo anormal. La niña miraba asombrada. El agua se alejaba,
dejando tras de si una vasta extensión y al mismo tiempo se levantaba, arqueándose de metro en
metro, en un equilibrio imposible y perfecto.
El ruido del mar cambió: la cantinela se volvió estruendo creciente.
Una ola majestuosa, surgida sin una razón, tomaba forma delante de sus ojos.
La cumbre espumaba, blanquísima. El cielo y el mar se hicieron oscuros, sobre ellos iluminaba la
cresta nívea. La ola empezó a moverse, magnífica e ineludible, hacia la orilla.
Cuando la ola llegó a pocos metros de ella, el horizonte se oscureció completamente.
En un instante se habría quebrado sobre su cuerpo minúsculo y la habría aspirado al fondo del mar.
Un estruendo oscuro proveniente de adentro parecía anunciar la inminente explosión. En cambio, de golpe, en la orilla descendió el silencio.
La ola quedó inmóvil, en vilo, por algunos segundos.
La niña retuvo la respiración con la nariz hacia arriba, los ojos fijos en la espuma que se convirtió en una nube gigantesca. De la cresta se separaron algunas gotas espumosas que bajaron bailando y
fueron a apoyarse sobre su cabello como perlas.
Entonces ella abrió los brazos, las palmas de las manos vueltas hacia arriba.
Una después de otra, otras gotas se separaron de la cumbre de la ola, cada vez más numerosos,
ligeras, luminosas. Nevaba. Sobre la niña con los brazos abiertos. Sobre aquel borde que ya no es
tierra y no es todavía mar.
Eran copos de luz. El cielo resplandecía con su fulgor.
Eran perlas de nieve. La arena desapareció bajo un manto de marfil.
Luego la ola empezó a bajar, retirándose hacia el regazo del mar.
Las últimas gotas tardaron, suspendidas en el aire, y cayeron al suelo.
Ella sonreía, ya no tenía miedo, no tenía nostalgia.
Estaban solos la niña y el mar.
Yo la he visto. En sueños. Y no dejo más de soñar.

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