Posteado por: Alicia Marina Sortino | junio 12, 2010

Corazón de María: amor de madre

CORAZÓN de MADRE

¡María! La extraordinaria entre todas la criaturas, excelsa hasta ser investida con el título y la realidad de Madre de Dios y por lo tanto la Inmaculada, la Asunta, la Reina, la Madre de la Iglesia.

Imitarla. Pero, ¿cómo imitarla? ¿Qué imitar de Ella? Imitarla en lo que es esencial. Ella es Madre, madre de Jesús y, espiritualmente, madre nuestra. Jesús nos la dio como tal en la cruz, en la persona de Juan.
Tenemos que ser otra Maria, en su ser madre. Prácticamente, debemos formular este propósito: me comportaré con todos los que trate o por los que trabaje, como si fuese su madre.

Haciendo esto, se realizará en nosotros una conversión, una revolución. Y no sólo porque a veces haremos de madre incluso con nuestra madre o nuestro padre, sino, sobre todo, porque asumiremos una actitud definida, específica.

Una madre acoge siempre, ayuda siempre, espera siempre, lo cubre todo. Una madre perdona cualquier cosa a su hijo, aunque fuese un delincuente, un terrorista.
De hecho, el amor de una madre es muy parecido a la caridad de Cristo, de la que habla Pablo (cf. 1 Cor 13).

Si nosotros tenemos el corazón de una madre o, para ser más exactos, si nos proponemos tener el corazón de la Madre por excelencia, Maria, estaremos siempre dispuestos a amar a los demás en todas las circunstancias y, por tanto, a mantener vivo en nosotros al Resucitado. Pero también pondremos de nuestra parte todo lo que se nos exija para mantener presente a Jesús, al Resucitado, en medio de nosotros.

Si tenemos el corazón de esta Madre, amaremos a todos; y no sólo a los miembros de nuestra Iglesia, sino también a los de las demás; no sólo a los cristianos, sino también a los musulmanes, a los budistas, a los hindúes, etc.; también a los hombres de buena voluntad y a todo hombre que habita la tierra. Sí, porque la maternidad de María es universal como lo fue la Redención.

Aunque a veces Ella no sea correspondida, ama siempre, ama a todos.

Éste es, pues, nuestro propósito: vivir como Maria, como si fuésemos madres de todos los hombres.      Chiara Lubich


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